viernes, 31 de diciembre de 2010

El regalo más "grande"

Bueno...aquí dejo a lo que podría denominarse el mejor regalo de este año 2010. Tras años y años de mascotas como tortugas, peces, hamsters, periquitos, etc. Hemos tenido la oportunidad por fin de disfrutar cuatro meses ya largos de este enano pelón. Un crestado chino algo hiperactivo, payaso, mimosón hasta cansar, charlatán, algo quinqui, dormilón, vaguete, rebelde, pero sobre todo cariñoso y fiel hasta más no poder. Es el perro contento, siempre con el rabo en alto como si de una sonrisa se tratara, saludando a dos patas a todos los que parecen pretarle atención. Es un bicho de cuatro patas repleto de amor y lengüetazos. Salta, corre, se pone rosa...

Y ahora mismo tumbado a mi lado desparramado y con su pijama me está dando calorcito como sólo él sabe. Se acomoda en cualquier rincón y sólo quiere estar cerca, tener contacto con la gente...
La alegría de la casa.
Ninguno sabíamos que después de intentos y, decepciones e incluso lágrimas, todo merecería la pena, y cobraría sentido la espera, este es nuestro perro.

Muy especial, distinto a todos.

Así que este año, nos ha alegrado la casa y la vida. Y un poco más cada día.









sábado, 4 de diciembre de 2010

Te echaré de menos...

"Un amigo es aquel que no pide nada, pero lo da todo".

Esa frase me la dijeron esta semana. Y qué casualidad que esta misma semana te he perdido. Tú eres esa, esa amiga que no pide nada y lo da TODO. Sólo querías estar conmigo, mi cariño, que alguien te diera tantos mimos como tú estabas dispuesta a dar, y tenías muchísimos, a veces demasiados y yo muy poco tiempo para recibirlos.
Quizá mucha gente no entienda que te atribuya a ti este adjetivo...supuestamente es un adjetivo para los humanos...pero tú, tú eres la mejor amiga que pude tener.

Yo era la persona más importante en tu vida, era quien te cuidaba, de quien dependías totalmente, era tu pieza clave, la persona que más querías. Tú eras esa cosita preciosa que esperaba a que mi atención callera sobre ti. Y desgraciadamente hacía un tiempo cada vez era menos atención la que recibías, un acaparador me quitaba el tiempo que debía darte a ti. Además, cada vez te volvías más reboltosa y ya me habías destrozado varias chaquetas y hasta un sofá de piel!

Pero no era nada lo que me quitabas y demasiado lo que me dabas.

Y ya no encontraré el suelo perdido porque has tenido un ataque de locura y has llenado todo de sustrato. Ya no te oiré trepar por la jaula cuando pase cerca de ti para que te abra y puedas perseguirme por allá donde valla.
Ya no tendré que estar pendiente cada vez que te saque para que no te cueles en la cama de debajo de la mía. Ya no tendré que sacarte de allí con engaños y golosinas.
Ya no te tendré esperando en el piecero de mi cama a que vuelva del baño, ni me treparás desde las piernas hasta el hombro. Ya no me dejarás grabadas las marcas de tus uñitas en mi piel, pero me quedan aun unos cuantos que me hacen querer tener más si significa poder verte.

Eras una rata y no creo que la gente que me rodee lo entienda, o por lo menos los que no tuvieron la suerte de tenerte cerca. Porque la ignorancia es el peor defecto.

Eras una rata preciosa, y siempre se ha supuesto que estos animales son traicioneros, sucios, peligrosos de alguna forma. Pero sólo fuiste un animal dócil, fiel, cariñoso, glotón, travieso...
Peor es esa gente que se llama "amiga" y no da nada. Tú no hablabas, tú no tomabas cafés, no entendías todo lo que te decía, pero me distes tan buenos momentos... cuidabas de mí, lo sé. Me acicalabas con tu lengüita, buscabas mis manos, mi hombro, mis caricias y mi voz.

Tú fuiste quien me curó las heridas cuando me quedé tan sola, cuando sufrí tanto tú cubriste con tus cariños todo lo que podía ponerme triste, ahí estabas tú siempre para lo que fuera.

Y ahora no puedo quitarme de la cabeza esas imágenes de ti tan indefensa. Lían le daba con la patita a tu jaula y yo acudí a reñirle porque tú solías intentar morderle y arañarle y no quería que ni tú le hicieras daño ni él a ti. Pero tú yacías tumbada en una esquinita. Estabas con los ojos abiertos pero no te movías. Abrí rapidamente la jaula, te toqué, te moviste. Chillaste de dolor, tenías algo roto en la espalda, lo noté. Estabas algo fría y no me atrevía a cogerte porque te haría daño. Te acaricié hasta que moriste cerrando los ojitos, durmiéndote para siempre.

Ni si quiera pude cogerte para guardarte, estabas tan débil, rota por dentro. LLoré desconsoladamente, había perdido una de las cosas más bellas de mi vida.
Eras tan pequeña pero tan grande Katara... en mi corazón sigues siendo enorme.

Llegó la despedida y fue uno de los momentos más duros que he vivido. Estabas tapada, pero no podía irme sin verte una última vez, aunque estuvieras tan fría y no tuvieras ya vida. Estabas tan dormida, te dije un hasta siempre.
Aun tengo tatuadas tus patitas en mi piel y duele más este corazón con un vacío que tiene que curarse.

No quería dejarte solita, en un lugar tan frío, tú que eras mi niña, mi cosota preciosa. Pero allá donde fuiste no podía acompañarte.

Lo siento Katara, por no hacer más por ti...siento no haberte dado tanto como tú me dabas, seguramente tú necesitabas más, pero te di todo lo que pude.

Sólo espero que los momentos felices superaran a los malos, que fueras feliz a mi lado, que fuese buena dueña para ti. Sólo espero que yo fuese tan importante para ti como tú para mí.

Hasta siempre...


Era una rata, una gran rata.

Te amo Katara.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Ruge el viento

El viento ruge, ya no amaina.

Aunque no se le vea no significa que no esté ahí, acariciando tu rostro cada vez que pasa por tu lado, lento, suave. Ahora azota con fuerza y no acaricia nada, golpea, maltrata.

Quiere hacer daño, busca venganza. Ya no quiere colarse entre tus cabellos ni rozar tu suave piel cada mañana.
Viento celoso que quiere tus besos, tocó muchas veces tus labios pero nunca pudo probarlos.

El viento ruge, ya no amaina.

Ponte a mi lado, mira el oceáno agitarse al compás de la cólera del aire a su antojo. La noche cae, nada está claro más que la luna cuando las nubes permiten verla.

Sopla el viento fuerte, sopla y las nubes se pierden por todo el cielo, chocan, se rompen, lluvia, rayos.

Sólo quería tu amor y ahora no puedes hacer nada, pagará su furia contigo, desgraciada. Nadie te hubiera podido querer como él. Porque aunque tú no pudieras verlo él siempre cuidó de ti, de los tuyos, de que nada te dañara. Desagradecida. Te dio su amor sin pedir nada a cambio y nada recibió. Desprecio quizá.

Maldita, haz que pare, que el viento ruge y ya no amaina. Grita tu nombre entre las esquinas, azota mi pelo y me susurra que te odia, que el amor duele más que la muerte. Dice que le arranque el alma.

Le quitaste su voluntad, descuidó sus labores y el viento sólo merodeaba a tu alrededor. El mundo estaba desequilibrado, todo era tuyo, nada te faltaba. Pero eso era lo que tú dabas, nada.

Ahora no parará hasta que mueras y cuando ya no quede de ti nada, no tendrá piedad con nadie, ya no habrá compasión en su paso. Y así desatará su ira. Por enamorarse de una simple humana que no cayó en su presencia.

Maldita humanidad que cree que por no sentir algo no existe, malditos humanos sus propios destructores.

El viento ruge, ya no amaina. Y tras la tempestad viene la calma, silencio, ya no quedará nada.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Curioso el destino

Hoy he mirado al pasado a los ojos y seguía teniendo la misma mirada, los mismos labios. Nada había cambiado. Era la misma persona la que me miraba, pero mi mirada ya no estaba dedicada a ella ni la suya era mía. Hoy he mirado al pasado a los ojos y nada había cambiado, seguía teniendo trece años y esa persona me había destrozado la vida, yo seguía sintiendome indefensa aunque ya no era esa niña. Sólo puedo estar orgullosa por haber salido de aquello y que de amor una no se muere aunque lo parezca. Qué curioso el destino, tener al pasado frente a frente, y darte cuenta de lo insignificante que es aquello que sucedió hace años y que entonces te hundió en la miseria. Así que, hoy miré al pasado a los ojos y puedo decir que lo busqué pensando que podría reirme de él y de esa niña que fui en su día, pero sólo tengo más preguntas y ese nudo en el estómago que hace años también sentía. Y esque aunque no lo entienda, sigue doliendo...

martes, 9 de noviembre de 2010

Luz de Luna

Quiero ser del mar como una estrella, que vaga por su profundidad y que tiene la suerte de ser acariciada por el dios del agua. Que el líquido transparente salado me transtorne con su delicadeza y su furia, que permita que la luz toque mis brazos.
Que me azote a su voluntad cuando pelee con el viento, que me acerque a la orilla para ver la luz del día y no me abandone nunca.
Ese mar protector y celoso que aguarda tu llegada cada noche, diosa taciturna de pálida piel cual perla, suave y delicada. Todos esperamos cada noche ver como ambos, Océano y Luna os amáis sin poder tocaros. Hacéis el amor, la Marea lo permite, pero no sentiros cerca. Yo siento a tu amante cada día, tú tienes su locura atada a tu espalda.
Cada noche bella dama, todos contemplamos la belleza de vuestro amor, bailamos al son de las olas llenas de ternura y melancolía. Pero otras, el mar encabritado desata su odio, se revela contra el mayor castigo impuesto nunca y muchos pagamos por su furia.
Viento, ira, espuma desatada, muerte, caos, destrucción y silencio.



Quiero ser como estrella, parte del cielo. Y llevarte cada noche parte de tu amado en cada una de mis puntas. Recogeré cada gota y colmaré el firmamento de vosotros. El Cielo se hará Mar y el Mar se hará desierto. Y yo seré estrella marina que no brille como un astro, pero haré caer cada mañana lágrimas en el Rocío, lágrimas de mi señor junto a las mías por dejar sola a su madre la Tierra, y cada amanecer, ella notará su presencia, tomará cada gota y la repartirá entre cada criatura, para colmar la tierra de la presencia de su hijo el gran Océano.
Y mientras tanto, cuando el Cielo patalee por no tener el amor de la Luna, los amantes bailarán al son de la Marea, que durante siglos dictó las reglas.
Burlándose de celos y castigos, brindando por el poder del amor y el triunfo.

Y un día, la señora de los Cielos y los Mares, será quien dé luz a una humilde estrella de mar por hacer posible aquel milagro. Brillará más que ninguna, estrella con luz de luna.

jueves, 4 de noviembre de 2010

1

Hoy, para que esta historia no se deje aparcada como muchas otras que empecé a escribir, voy a poner aquí el primer capítulo de algo que me lleva ya mucho tiempo rondando la cabeza. Cuando voy a dormirme y no tengo sueño, siempre me gusta inventarme una especie de libro en mi mente, siempre de fantasía. Empezó como sólo escenas de unos personajes ya muy labrados por mí desde hace años, y después de eso no pude parar de imaginar y pensar, hasta llegar al problema de que si antes me entraba sueño al recordar la historia, después sólo podía continuarla y querer soñar con ella.
Es algo que me obsesiona desde hace tiempo, y como no es como muchas otras que nacieron y murieron rápidamente, quiero que esto sea una forma de continuarla, de hacerla real no sólo en mis sueños semiconscientes.






Llevo toda mi vida supeditada a los hombres, ya en el útero de mi madre compartía espacio con mi hermano mellizo Logrian. Mellizo o gemelo, porque éramos como dos gotas de agua. Nací en un reino en el que las mujeres no son nada, y yo tuve la suerte de ser hija de reyes. O más suerte que las niñas corrientes.
Los dioses dicen que las mujeres son la tentación del mal, que hasta su voz fue creada para seducir el alma del hombre y embaucarla. Repito, tuve suerte de nacer en un palacio. Desde muy pequeña aprendí a que mi existencia no tenía sentido alguno, simplemente satisfacer los deseos y necesidades de los hombres. Aprendí a que no debía de tener opinión ni aspiraciones, el mayor sueño de una mujer es que un hombre la elija para que se una a él, darle hijos y quizá ser recompensada por sus buen comportamiento y dedicación.
El destino de una mujer es asemejarse a la diosa Naymia, pura y entregada, llena de luz y sumisa. Aquellas que no obedezcan las leyes sagradas caerán en manos de Iniale, diosa de la deshonra y el pecado, de ojos de fuego y cabellos llameantes que se alimenta del deseo y tortura a los débiles de espíritu.
Mi madre sería la encargada de enseñarme a ser una buena mujer y servir correctamente a los dioses y su gran obra, los hombres.

Mi hermano y yo siempre estábamos juntos cuando éramos pequeños. En ese aspecto mi madre fue permisiva, una niña normal no podría mirar a los ojos a ningún varón ni tener contacto cercano y mucho menos al heredero de la corona. Pero no éramos simples hermanos, habíamos compartido demasiado desde el principio de nuestras vidas. Había una unión entre nosotros que ni el dios Moniaq, dios justiciero, podía romper, era el dios encargado de que las mujeres siguieran las leyes y los hombres las suyas. Aprendí a proteger a mi hermano, así como él a protegerme a mí, pero siempre había destacado su fragilidad, él era más débil que yo.
Cuando fuimos creciendo mi madre nos fue separando poco a poco, yo debía aprender modales, protocolo, medicina, como satisfacer a mi rey, a mi padre. Y más adelante ella me enseñaría como satisfacer al que sería mi marido.
Mientras a mí me enseñaban a ser coqueta, a mi hermano lo preparaban en las armas. Yo aprendía sobre joyas y tradiciones, él sobre guerra y sangre.
Todas las noches venía a mi habitación y lloraba. Él odiaba la violencia, prefería observar los animales o las plantas, prefería montar a caballo conmigo a luchar con mi padre. Al principio las clases de lucha fueron suaves, pero conforme él iba aprendiendo, le exigían más, a veces venía con moratones y heridas, yo le curaba y luego peinaba su cabello negro.

- Quiero que me enseñes a usar la espada, la daga, todo lo que tú sabes – Le pedí una noche en la que él parecía tener un hombro dislocado y lloraba de rabia. A mí siempre me había llamado la atención el poder del acero, del cuerpo a cuerpo.
- Nashila, no creo que sea buena idea, las mujeres no deben tocar el acero, alimenta la parte oscura de su alma.
- Logrian, sabes que a mí no me pasará eso, sólo quiero saber defenderme, ¿Y si algún día intentan hacerme daño?
- Yo estaré para protegerte – Contestó él.
- Por favor.

No podía negarme nada. Las noches siguientes estuvo enseñándome a usar todo tipo de armas. Utilizamos aquellas con las que él había aprendido, eran de madera. Pasaron muchas noches, tantas que podría decirse que igualé su destreza. Y entonces conseguí que me dejara practicar con él y el acero.
Por el día, era una niña sumisa y obediente y mi hermano un príncipe heredero, por la noche, seguíamos siendo niños jugando a juegos de no tan niños.

Un día mi hermano calló enfermo. Mi padre le hizo seguir practicando en sus clases y aquella noche tuve que ser yo la que me arriesgase a visitarle a su habitación. No habían tenido piedad con él, estaba más herido y magullado que nunca.

- ¿Qué te han hecho? ¿No ven que no estás en condiciones? – Le dije abrazándole con inmenso cariño.
- Ningún enemigo tendrá piedad con enfermos, niños o mujeres.
- Palabras dignas de un rey, pero tú sólo tienes 11 años, no estás preparado para esto.

Se acurrucó entre mis brazos y se quedó dormido. Yo tenía miedo, podían encontrarme y yo no me llevaría una simple reprimenda, yo podía ser azotada o algo peor. Dejé a mi hermano descansar. Estuvo unos días en reposo, mi madre debió saber jugar bien sus cartas para convencer a mi padre de que lo dejase descansar. Según ella, si una mujer era lista, asumiría su situación y aprovecharía lo que se le enseñaba, se saca más de un hombre complaciéndolo que enfrentándose a él.

- Hoy duerme en mi cama, yo dormiré en la tuya – Le dije a Logrian.
- ¿Qué pretendes?
- Tú aún estás malherido, si mañana vas a practicar con padre y los maestros, volverás aún peor que aquel día. Vete a mi habitación, tápate el rostro y mañana compórtate como si fueras yo ante madre, sólo tienes que escucharla e imitarla.
- Te has vuelto loca, por Dimar que te has vuelto loca. No voy a vestirme como una mujer ni tú como un hombre, no soy un cobarde.
- Pues mañana no vengas a llorar a mi cama, ya no estará mi hombro para apoyarte. Sólo trato de protegerte.
- Soy un hombre, no tienes como protegerme.

Se fue a su habitación y no volví a verlo durante unos días, hasta que otra noche llamó a mi puerta, tenía la cara muy magullada y parecía tener alguna costilla rota.

- Por favor Nashila, ve mañana por mí, estoy muy cansado. Sé buena mujer y cuida de tu hermano.

Sentí ganas de mandarlo por donde había venido, pero era mi deber cuidar de él, además también deseaba hacerlo. Él ya no soportaba más la presión y yo tampoco.
Intercambiamos nuestras ropas y luego yo volví a su habitación, nadie notaría la diferencia, a él sólo le verían los ojos, puesto que yo siempre iba cubierta con velos. Y esperaba que no notaran la diferencia entre Logrian y yo, quizá tenía la suerte de que mi padre pensara que sería por los golpes, aunque nuestras pocas diferencias eran tan pequeñas que posiblemente ni las notara, hacía muchos años que no veía mi rostro descubierto. Tuve que golpearme para parecerme más a él, no se creerían que de un día para otro tuviera una cara intacta y perfecta.
Cuando salió el Sol, vino a levantarme mi madre con mi hermano vestido de mí, me trajeron el desayuno como era costumbre todas las mañanas. Disfruté de la comida que me habían preparado y procuré no mirar mucho a mi madre a los ojos, ella sí sabría distinguirnos.

- Hoy estáis muy callados niños – Comentó finalmente ella.
- Nashila está enfadada conmigo, madre, querría que dejase mis clases porque teme que me lastime demasiado. Las mujeres tenéis demasiado miedo – Contesté yo con palabras que había oído anteriormente.

Salieron de mi habitación y pude vestirme. Recogí mi largo pelo en una trenza como hacía mi hermano y salí en dirección a la sala de armas. Muchas veces había intentado entrar allí para ver cómo era, para ver todo lo que contenía. Vi a mi padre después de un largo tiempo, aunque viviéramos en el mismo palacio, era lo suficientemente extenso y él estaba lo suficientemente ocupado para no cruzarse con su propia hija.

- Te mejoras rápido Logrian – Dijo uno de los maestros, tenía una cicatriz en el ojo derecho que parecía estar todavía sin curar.
- Empecemos – Comenté lo más rápido que pude, no quería que notaran también un cambio en mi voz o actitud, lo mejor era no tener demasiado contacto y hablar lo mínimo.
- Así me gusta chico – Dijo mi padre.
- Coge el sable corto, hoy practicaremos con él – Mandó el que parecía el maestro de más rango.

Cogí el sable y me puse en medio de la sala, en uno de los lados del círculo, dejándole a él en el centro. Se acercó poco a poco, con su sable tras su espalda, me miraba fijamente, yo no tenía miedo. Observé la situación y me preparé mentalmente para las técnicas que podía usar conmigo. Pero él sólo se dedicaba a dar vueltas esperando a que yo comenzase. Así que lo hice.

- Muy atrevido por tu parte – Comentó.

Seguí asestando uno, otro y otro golpe, él sólo se limitaba a apartarse y a defenderse, no atacaba. Yo seguía firme, sin temor. Empecé a notar cansancio y fue entonces cuando él empezó a atacarme, mis brazos estaban más débiles, notaba el peso del sable cada vez más. Además este acero pesaba mucho más que el que estaba acostumbrada a usar yo. Cada vez daba golpes más fuertes a mi sable, yo me defendía pero cada vez el filo se acercaba más a mi piel. Aguanté todo lo que pude hasta que me dio una patada en la tripa y me tiró al suelo, puso el sable en mi cuello y me miró con superioridad. El estómago me estaba matando, nunca antes me había dolido así, quería llorar, pero no lo haría, estaba comenzando a experimentar el orgullo, un sentimiento prohibido para las mujeres, pero no para mí, no en estos momentos que no era quien debía ser.

- Estás atrapado, de nuevo - Dijo mientras me miraba con una mirada parecida al asco, me dió otra patada en el estómago, sin aparente razón y aún más fuerte que la anterior.

Le miré desafiante y cuando menos se lo esperaba aparté el filo de mi garganta y le propicié una patada en la espinilla, si de algo me había servido aprender medicina con mi madre era de saber perfectamente los puntos débiles del cuerpo humano. Bajó la guardia y pude asestarle más golpes clave, él se defendía pero esta vez le había pillado por sorpresa y le estaba costando mucho más. Para cuando quise darme cuenta le estaba golpeando con todas mis fuerzas y me hervía la sangre con sed de venganza. Pero aún con esfuerzo volvió a atraparme.

- Qué pasión chico, esto me va gustando más, ponte furioso, odia a tu adversario, busca rasgar su piel y beber su sangre. Ya era hora de que te comportaras como un verdadero hombre.

Tenía gracia, ¿yo era el verdadero hombre? Pues no era nada difícil serlo, mucho más fácil que comportarme como una mujer. Como varón sólo tenía que dejar desatar mi rabia, como mujer tenía que mantener preso mi espíritu libre.
Me había ganado algún golpe bastante doloroso, pero estaba contenta. Luchar me llenaba, luchar se me daba mejor que coser o elegir maquillaje.