jueves, 4 de noviembre de 2010

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Hoy, para que esta historia no se deje aparcada como muchas otras que empecé a escribir, voy a poner aquí el primer capítulo de algo que me lleva ya mucho tiempo rondando la cabeza. Cuando voy a dormirme y no tengo sueño, siempre me gusta inventarme una especie de libro en mi mente, siempre de fantasía. Empezó como sólo escenas de unos personajes ya muy labrados por mí desde hace años, y después de eso no pude parar de imaginar y pensar, hasta llegar al problema de que si antes me entraba sueño al recordar la historia, después sólo podía continuarla y querer soñar con ella.
Es algo que me obsesiona desde hace tiempo, y como no es como muchas otras que nacieron y murieron rápidamente, quiero que esto sea una forma de continuarla, de hacerla real no sólo en mis sueños semiconscientes.






Llevo toda mi vida supeditada a los hombres, ya en el útero de mi madre compartía espacio con mi hermano mellizo Logrian. Mellizo o gemelo, porque éramos como dos gotas de agua. Nací en un reino en el que las mujeres no son nada, y yo tuve la suerte de ser hija de reyes. O más suerte que las niñas corrientes.
Los dioses dicen que las mujeres son la tentación del mal, que hasta su voz fue creada para seducir el alma del hombre y embaucarla. Repito, tuve suerte de nacer en un palacio. Desde muy pequeña aprendí a que mi existencia no tenía sentido alguno, simplemente satisfacer los deseos y necesidades de los hombres. Aprendí a que no debía de tener opinión ni aspiraciones, el mayor sueño de una mujer es que un hombre la elija para que se una a él, darle hijos y quizá ser recompensada por sus buen comportamiento y dedicación.
El destino de una mujer es asemejarse a la diosa Naymia, pura y entregada, llena de luz y sumisa. Aquellas que no obedezcan las leyes sagradas caerán en manos de Iniale, diosa de la deshonra y el pecado, de ojos de fuego y cabellos llameantes que se alimenta del deseo y tortura a los débiles de espíritu.
Mi madre sería la encargada de enseñarme a ser una buena mujer y servir correctamente a los dioses y su gran obra, los hombres.

Mi hermano y yo siempre estábamos juntos cuando éramos pequeños. En ese aspecto mi madre fue permisiva, una niña normal no podría mirar a los ojos a ningún varón ni tener contacto cercano y mucho menos al heredero de la corona. Pero no éramos simples hermanos, habíamos compartido demasiado desde el principio de nuestras vidas. Había una unión entre nosotros que ni el dios Moniaq, dios justiciero, podía romper, era el dios encargado de que las mujeres siguieran las leyes y los hombres las suyas. Aprendí a proteger a mi hermano, así como él a protegerme a mí, pero siempre había destacado su fragilidad, él era más débil que yo.
Cuando fuimos creciendo mi madre nos fue separando poco a poco, yo debía aprender modales, protocolo, medicina, como satisfacer a mi rey, a mi padre. Y más adelante ella me enseñaría como satisfacer al que sería mi marido.
Mientras a mí me enseñaban a ser coqueta, a mi hermano lo preparaban en las armas. Yo aprendía sobre joyas y tradiciones, él sobre guerra y sangre.
Todas las noches venía a mi habitación y lloraba. Él odiaba la violencia, prefería observar los animales o las plantas, prefería montar a caballo conmigo a luchar con mi padre. Al principio las clases de lucha fueron suaves, pero conforme él iba aprendiendo, le exigían más, a veces venía con moratones y heridas, yo le curaba y luego peinaba su cabello negro.

- Quiero que me enseñes a usar la espada, la daga, todo lo que tú sabes – Le pedí una noche en la que él parecía tener un hombro dislocado y lloraba de rabia. A mí siempre me había llamado la atención el poder del acero, del cuerpo a cuerpo.
- Nashila, no creo que sea buena idea, las mujeres no deben tocar el acero, alimenta la parte oscura de su alma.
- Logrian, sabes que a mí no me pasará eso, sólo quiero saber defenderme, ¿Y si algún día intentan hacerme daño?
- Yo estaré para protegerte – Contestó él.
- Por favor.

No podía negarme nada. Las noches siguientes estuvo enseñándome a usar todo tipo de armas. Utilizamos aquellas con las que él había aprendido, eran de madera. Pasaron muchas noches, tantas que podría decirse que igualé su destreza. Y entonces conseguí que me dejara practicar con él y el acero.
Por el día, era una niña sumisa y obediente y mi hermano un príncipe heredero, por la noche, seguíamos siendo niños jugando a juegos de no tan niños.

Un día mi hermano calló enfermo. Mi padre le hizo seguir practicando en sus clases y aquella noche tuve que ser yo la que me arriesgase a visitarle a su habitación. No habían tenido piedad con él, estaba más herido y magullado que nunca.

- ¿Qué te han hecho? ¿No ven que no estás en condiciones? – Le dije abrazándole con inmenso cariño.
- Ningún enemigo tendrá piedad con enfermos, niños o mujeres.
- Palabras dignas de un rey, pero tú sólo tienes 11 años, no estás preparado para esto.

Se acurrucó entre mis brazos y se quedó dormido. Yo tenía miedo, podían encontrarme y yo no me llevaría una simple reprimenda, yo podía ser azotada o algo peor. Dejé a mi hermano descansar. Estuvo unos días en reposo, mi madre debió saber jugar bien sus cartas para convencer a mi padre de que lo dejase descansar. Según ella, si una mujer era lista, asumiría su situación y aprovecharía lo que se le enseñaba, se saca más de un hombre complaciéndolo que enfrentándose a él.

- Hoy duerme en mi cama, yo dormiré en la tuya – Le dije a Logrian.
- ¿Qué pretendes?
- Tú aún estás malherido, si mañana vas a practicar con padre y los maestros, volverás aún peor que aquel día. Vete a mi habitación, tápate el rostro y mañana compórtate como si fueras yo ante madre, sólo tienes que escucharla e imitarla.
- Te has vuelto loca, por Dimar que te has vuelto loca. No voy a vestirme como una mujer ni tú como un hombre, no soy un cobarde.
- Pues mañana no vengas a llorar a mi cama, ya no estará mi hombro para apoyarte. Sólo trato de protegerte.
- Soy un hombre, no tienes como protegerme.

Se fue a su habitación y no volví a verlo durante unos días, hasta que otra noche llamó a mi puerta, tenía la cara muy magullada y parecía tener alguna costilla rota.

- Por favor Nashila, ve mañana por mí, estoy muy cansado. Sé buena mujer y cuida de tu hermano.

Sentí ganas de mandarlo por donde había venido, pero era mi deber cuidar de él, además también deseaba hacerlo. Él ya no soportaba más la presión y yo tampoco.
Intercambiamos nuestras ropas y luego yo volví a su habitación, nadie notaría la diferencia, a él sólo le verían los ojos, puesto que yo siempre iba cubierta con velos. Y esperaba que no notaran la diferencia entre Logrian y yo, quizá tenía la suerte de que mi padre pensara que sería por los golpes, aunque nuestras pocas diferencias eran tan pequeñas que posiblemente ni las notara, hacía muchos años que no veía mi rostro descubierto. Tuve que golpearme para parecerme más a él, no se creerían que de un día para otro tuviera una cara intacta y perfecta.
Cuando salió el Sol, vino a levantarme mi madre con mi hermano vestido de mí, me trajeron el desayuno como era costumbre todas las mañanas. Disfruté de la comida que me habían preparado y procuré no mirar mucho a mi madre a los ojos, ella sí sabría distinguirnos.

- Hoy estáis muy callados niños – Comentó finalmente ella.
- Nashila está enfadada conmigo, madre, querría que dejase mis clases porque teme que me lastime demasiado. Las mujeres tenéis demasiado miedo – Contesté yo con palabras que había oído anteriormente.

Salieron de mi habitación y pude vestirme. Recogí mi largo pelo en una trenza como hacía mi hermano y salí en dirección a la sala de armas. Muchas veces había intentado entrar allí para ver cómo era, para ver todo lo que contenía. Vi a mi padre después de un largo tiempo, aunque viviéramos en el mismo palacio, era lo suficientemente extenso y él estaba lo suficientemente ocupado para no cruzarse con su propia hija.

- Te mejoras rápido Logrian – Dijo uno de los maestros, tenía una cicatriz en el ojo derecho que parecía estar todavía sin curar.
- Empecemos – Comenté lo más rápido que pude, no quería que notaran también un cambio en mi voz o actitud, lo mejor era no tener demasiado contacto y hablar lo mínimo.
- Así me gusta chico – Dijo mi padre.
- Coge el sable corto, hoy practicaremos con él – Mandó el que parecía el maestro de más rango.

Cogí el sable y me puse en medio de la sala, en uno de los lados del círculo, dejándole a él en el centro. Se acercó poco a poco, con su sable tras su espalda, me miraba fijamente, yo no tenía miedo. Observé la situación y me preparé mentalmente para las técnicas que podía usar conmigo. Pero él sólo se dedicaba a dar vueltas esperando a que yo comenzase. Así que lo hice.

- Muy atrevido por tu parte – Comentó.

Seguí asestando uno, otro y otro golpe, él sólo se limitaba a apartarse y a defenderse, no atacaba. Yo seguía firme, sin temor. Empecé a notar cansancio y fue entonces cuando él empezó a atacarme, mis brazos estaban más débiles, notaba el peso del sable cada vez más. Además este acero pesaba mucho más que el que estaba acostumbrada a usar yo. Cada vez daba golpes más fuertes a mi sable, yo me defendía pero cada vez el filo se acercaba más a mi piel. Aguanté todo lo que pude hasta que me dio una patada en la tripa y me tiró al suelo, puso el sable en mi cuello y me miró con superioridad. El estómago me estaba matando, nunca antes me había dolido así, quería llorar, pero no lo haría, estaba comenzando a experimentar el orgullo, un sentimiento prohibido para las mujeres, pero no para mí, no en estos momentos que no era quien debía ser.

- Estás atrapado, de nuevo - Dijo mientras me miraba con una mirada parecida al asco, me dió otra patada en el estómago, sin aparente razón y aún más fuerte que la anterior.

Le miré desafiante y cuando menos se lo esperaba aparté el filo de mi garganta y le propicié una patada en la espinilla, si de algo me había servido aprender medicina con mi madre era de saber perfectamente los puntos débiles del cuerpo humano. Bajó la guardia y pude asestarle más golpes clave, él se defendía pero esta vez le había pillado por sorpresa y le estaba costando mucho más. Para cuando quise darme cuenta le estaba golpeando con todas mis fuerzas y me hervía la sangre con sed de venganza. Pero aún con esfuerzo volvió a atraparme.

- Qué pasión chico, esto me va gustando más, ponte furioso, odia a tu adversario, busca rasgar su piel y beber su sangre. Ya era hora de que te comportaras como un verdadero hombre.

Tenía gracia, ¿yo era el verdadero hombre? Pues no era nada difícil serlo, mucho más fácil que comportarme como una mujer. Como varón sólo tenía que dejar desatar mi rabia, como mujer tenía que mantener preso mi espíritu libre.
Me había ganado algún golpe bastante doloroso, pero estaba contenta. Luchar me llenaba, luchar se me daba mejor que coser o elegir maquillaje.

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